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Aquella locura llamada museo

Aquella locura llamada museo

Es uno de los primeros museos de arte moderno y contemporáneo de nuestro país y posee una de las colecciones de pintura más emblemáticas. El Museo de Arte Abstracto Español de Cuenca, ideado en 1966 por el artista Fernando Zóbel en las Casas Colgadas, cumple este año medio siglo de vida y lo celebra el 4 de noviembre ampliando sus instalaciones. El nuevo espacio de 270 m2, cien más que el original, acogerá las más de 2.000 obras de la biblioteca donada por Zóbel a la Fundación Juan March, gestora de su legado, así como 600 dibujos, grabados y libros del artista que estaban en Madrid por falta de espacio. Repasamos con varios de los protagonistas la vigencia de este museo ideado por artistas que hizo historia


Hoy lo llamaríamos artists-run space, pero en 1966 se llamó un sueño de amigos, una osadía, un extraño milagro. Un espacio pensado, diseñado y dirigido por artistas que se convirtió en el primer museo de arte contemporáneo de nuestro país. El impulsor, Fernando Zóbel (Manila, 1924-Roma, 1984), también rozaba lo inverosímil. Era artista, mecenas, coleccionista, soñador y generoso. Un tipo cosmopolita y culto, estudiante y profesor en Harvard, que hablaba cuatro idiomas y que había viajado por medio mundo. “Su llegada a nuestro país fue como la llegada de un astronauta a un poblado masai, explica Manuel Fontán, director de exposiciones de la Fundación Juan March.


Era 1955 y tenía poco más de 30 años. Había abandonado su faceta de caricaturista y su trabajo en la empresa familiar, para apostar por lo que más le gustaba en el mundo: la pintura. En la visita a una pequeña galería de Madrid, Fernando Fe, ya desaparecida, se topó con una exposición que cambiaría su vida. Y la del arte español. “Descubrió” la pintura abstracta española en los cuadros de Luis Feito, Saura, Chillida y Tàpies que empezó a comprar al tiempo que también él se volcaba en pintar. La identificación que tuvo con ese grupo de artistas fue instantánea. Y muy fructífera. Así es como empezó una de las colecciones de arte español más emblemáticas, y como nació el Museo de Arte Abstracto Español de Cuenca.

"Según Zóbel, el museo debía ser exquisito dentro de la pobreza, con todo el refinamiento posible”, recuerda Torner
Junto a Zóbel y Gerardo Rueda, fue uno de los protagonistas de la llamada Escuela de Cuenca, un revoltillo de artistas, ideas y entusiasmo que eclosionaron en la ciudad del Júcar en los años 60. A Zóbel, explica, le conoció en la Bienal de Venecia de 1962, en la que representaba a España: “un día, tomando algo en Piazza San Marcos; me acuerdo que estábamos varios en una mesa y alguien me presentó a Fernando, a Gerardo Rueda, a Sempere, Mompó y a Zóbel y nos hicimos amigos. Era la persona que había conocido que más sabía de arte abstracto español”.

En aquel momento, su colección empezaba a ser considerable y Zóbel pensaba ya en la idea de buscar un local donde ubicarla. En sus Diarios de 1963 da algunas pistas: “A Toledo con Gerardo (Rueda) para ver casas. Sin resultado. La conoceré cuando la vea. Tener casa dentro de la ciudad. Con patio y con sitio para tener amigos y colgar cuadros. El día de mañana eso de los cuadros se podrá convertir en un museo de pintura moderna española y abrirlo al público. Cerca de Madrid pero sin ser Madrid (…) La colección quizás dejársela a la ciudad en señal de afecto”.orner fue quien le dio la pista de ubicarla en Cuenca: “Es uno de esos sitios anodinos, donde se piensa que aquello no es nada, pero donde pueden ocurrir muchas cosas. Así que pregunté si quedaba alguna casa del Ayuntamiento y me dijeron que se había vendido todo, pero que estaban las Casas Colgadas, que entonces estaban arreglando pero que no sabían qué hacer con ellas. Llamé a Fernando y se lo conté. Me soltó: 'y a mí... ¿qué se me ha perdido en Cuenca?'”.

Colonia de artistas

Muchos se perdieron con él. Antonio Saura y Torner ya vivían allí, pero se sumaron Antonio Lorenzo, Abel Martín, Gerardo Rueda , Millares, Eusebio Sempere y José Guerrero. Los que no se instalaron, iban y venían: Juana Mordó, Millares, Carmen Laffon, Lucio Muñoz y Luis Feito, Manolo Valdés, Mompó, Juan Suárez, Oteiza, Pilar Citoler, Luis Pérez Minguez, Nacho Criado, Quico Rivas, Campano, Kewin Power...
Desde el silencioso escenario de una ciudad de provincias y en una España sin libertades democráticas, Cuenca se convirtió en el polo de atracción para creadores e intelectuales. No faltó nadie el 1 de julio de 1966, cuando se inauguró el Museo de Arte Abstracto Español. “Zóbel decía que tenía que ser lo más exquisito posible, pero sin que pareciera un museo de una capital. Exquisito dentro de la pobreza, y sin ostentación, pero con todo el refinamiento posible. El lujo debía ser de pensamiento, no de materiales. Acabamos llegando a la conclusión de que tenía que ser una mezcla de la museología norteamericana, fría, con cierta gracia italiana, en fin, equilibrado”, explica Torner.

El resultado no podía distar más de lo que se esperaba de un museo. Todo era nuevo: la escala doméstica, a medio camino entre la privacidad de la vivienda de un coleccionista y el neutralismo de un museo público abierto a la visita. Las obras no seguían un criterio cronológico, no había explicaciones, los cuadros se organizaron por criterios estéticos e incluso algunas obras se crearon ex profeso para el lugar. Era un museo pensado, diseñado y realizado por artistas, completamente ajenos a la idea del “conservador-funcionario” que hoy conocemos. Zóbel se puso al mando de la dirección y la organización de los contenidos, Torner asumió la codirección, Gerardo Rueda fue el conservador jefe, y Antonio Lorenzo, Sempere y Fernando Nuño quedaron como asesores.

Pintar el zócalo

Pronto se incorporaron los entonces veinteañeros Jordi Teixidor y José María Yturralde, recién licenciados en Bellas Artes en Valencia, que llegaron a Cuenca en Vespa para entregarle a Zóbel unas obras que les había comprado. Se convirtieron en los primeros conservadores del primer museo de artistas de la España moderna. “Era la primera vez que oíamos la palabra ‘conservador', explica Teixidor. “Básicamente, teníamos que abrir y cerrar el museo, limpiar, atender a quien llegaba, pintar la raya del zócalo, vender entradas… ¡El día que vendíamos siete era un éxito! Zóbel quiso que el museo fuera un lugar de encuentro de artistas y un lugar para aprender. Para nosotros, que veníamos de una pequeña escuela casi dieciochesca, Cuenca fue una experiencia trascendental: estaban allí los mejores artistas que había en España en esos momentos, que para mí eran comparables a cualquier artista del mundo. Antonio Saura, por ejemplo”.
José María Yturralde también recuerda el entusiasmo: “Salvando las distancias, yo casi comparo el efecto del museo en Cuenca, con el efecto del Guggenheim en Bilbao, que lo transformó todo. Aquí los artistas vinieron y empezaron a comprar casas y había un ambiente de colonia de artistas. Y además, en una época que no era tan competitiva como ahora; los artistas se respetaban, se querían, hablaban de su obra, de la de otros. Veía a Cuenca como un lugar aislado en el que, de alguna manera mágica, entrabas en comunicación con lo último del mundo exterior. Era una especie de hilo que nos permitía estar al día, pero porque ellos lo estaban”.

Españoles en Nueva York

El aplauso internacional no tardó en llegar. Las Casas Colgadas se colaron en las páginas centrales de Time Magazine al tiempo que Alfred H. Barr, fundador y primer director del MoMA, paseaba por Cuenca diciendo que era “el museo pequeño más bello del mundo”. Un reconocimiento del arte español que ya se dejó ver en 1960 con dos grandes exposiciones en la Gran Manzana, justo en ese momento en que Zóbel coleccionaba sin freno pintura abstracta. Con un día de diferencia, se inauguraron New Spanish Painting and Sculpture en el MoMA y Before Picasso, After Miró en el Guggenheim. Allí estaban muchos de ellos: Canogar, Chillida, Millares, Saura, Tàpies... y Zóbel.

En España, sin embargo, la repercusión fue casi nula. “Hubo más bien una ignorancia intencionada, un cierto ninguneo. Por desconocimiento, desde luego. El apoyo de la participación de jóvenes artistas en bienales y exposiciones internacionales contrastaba con la poca actividad de puertas adentro, sin apenas exposiciones, ni adquisición de obras”, explica Teixidor.

Nueva etapa
1980 fue otro año importante. Con el peso de una depresión detrás y la preocupación por mantener la continuidad del Museo de Arte Abstracto Español, Fernando Zóbel donó toda su colección a la Fundación Juan March. Dos años antes, en 1978, se amplió el espacio con la construcción de un nuevo edificio adosado al original para incorporar a una nueva generación de pintores más joven, “la estela de Cuenca” según Alfonso de la Torre, que veían así una consolidación pública: Alfonso Albacete, José Manuel Broto, Miguel Ángel Campano, Gerardo Delgado, Eva Lootz, Soledad Sevilla...
Este año, coincidiendo con los 50 años de su apertura y tras una nueva reforma del espacio, se presentará una nueva reordenación de la colección. Ahí estarán, también, las 2.000 obras de la biblioteca de Zóbel y las más de 600 piezas de la colección de dibujo, obra gráfica y libros de artista del museo, que estaban en Madrid por falta de espacio. Además, se presentará un portal dentro de la web de la Fundación Juan March, que recogerá la digitalización de todo el fondo bibliográfico de Zóbel, así como los diarios y las más de 18.000 páginas de sus cuadernos de dibujo. Una fuente documental excepcional para el estudio de la pintura abstracta española.

La inauguración está prevista el 4 de noviembre, aunque varias instituciones han adelantado la celebración. La Fundación Chirivella Soriano de Valencia dedicó en primavera una exposición titulada La pintura, el viaje, la contemplación. Zóbel, Teixidor, Yturralde, y en Madrid la galerista Juana de Aizpuru abre la temporada el próximo 15 de septiembre recordando ese momento mágico del arte español con Rueda, Teixidor, Yturralde Torner y Zóbel.
“Fue un momento excepcional”, recuerda Luis Feito. Fundador del grupo El Paso junto a muchos de los artistas conquenses de adopción, habla con admiración de Zóbel: “Convirtió Cuenca en un pulmón para los artistas”. “Hasta que no se crea el Museo Reina Sofía en 1985 -añade Torner-, Cuenca es el único lugar de España en el que se puede ver arte moderno en condiciones museísticas equivalentes a las del contexto internacional. Alguien dijo que un pintor que se dedica a otra cosa, no es pintor, pero yo puedo decirlo al revés, que un pintor que no hace otra cosa que pintar no es un artista”.
@bea_espejo